TALKS Berührungsängste La habilidad del miedo de metamorfosearse
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La habilidad del miedo de metamorfosearse

“Ella le daba la espalda al espejo
porque odiaba la vanidad del espejo.”
Paul Celan, Contraluz

He logrado burlar al guarda, viajo de polizona sobre la cubierta del tren. Viajan aplastados los pechos, los brazos en cruz, el paisaje que viene de frente me tensa el rostro, el viento me entrecorta la expresión. Viajo adicta inefable, agarrotada, aferrada al techo del tren, escucho un elogio que alguien hace de la traducción, pienso en los espejismos de la certeza, el guarda, nieva sobre mí, nieva sobre la cubierta del tren, que golpea contra las vías.

La dimensión somática de la traducción aparece durante el camino. Viajo agazapada, traduzco al andar, hay cuerpo en esa operación racional de mi mente traductora y mente en la última célula de mi cuerpo, en lo más profundo, que es la piel. Lo más profundo es la piel, repito, la más pequeña célula intuye lo titánico del emprendimiento, que es una empresa fracasada de antemano le advierten, que no intente hacer carne propia el alma tantas veces muerta de un intruso, pero la más pequeña célula hace la vista gorda al desaliento, se ofrece, no hay expectativa en la más pequeña célula, se abre en dos y transporta al intruso en una operación de sometimiento y disección: ¿cuánto más se puede vivir de esto?

Debe ser posible expresar la contradicción. Contra el abatimiento, el sentimiento de insuficiencia, contra el tiempo, que disponible nunca es el tiempo que necesita la traducción, contra el miedo repito enfermiza que debe ser posible expresar la contradicción. Hablo para adentro, hablo para afuera, mascullo palabras que traduzco con la voluntad, obstinada como siempre la VOLUNTAD, de llamar a las cosas por su nombre, nombrar el mundo es lo que quiero, a las cosas su nombre, lo que son. Porque ¿qué pasa con todo eso que no nombramos?

Arriesgo una mirada clínica sobre nuestra condición traductora: una fisiología, una vicisitud idiopática, un modo de relación con una materialidad sensible. Y una dialéctica, nuestra materia a veces no es sino lo que está por ser, condiciones inobjetivas, y las lenguas son apenas sistemas, intentos desesperados de un orden posible, no me lamento por esta presunta falta de uniformidad, busco la salida del orden, defino una matriz, un modo de relación que no esté del todo acabado, encuentro la salida del laberinto, ahora debo interpretar el bosque.

Debe ser posible expresar la contradicción de ser instrumento, encarnadura, transhumana, poshumana, la contradicción de pasar del cyborg a la bacteria. Terror al germen desde que un virus se alojó en mi cuerpo auditivo, desató una sordera súbita y unilateral, se robó para siempre mi estereofonía, me obligó a buscar la posición del medio, la vida media que elegí dedicar al tránsito, porque no llegar a ningún lugar, no ser otra cosa que todo el tiempo proyecto, me permite expresar la contradicción, las medias tintas, hacerme repulgue, creerme por un minuto polizona, embustera, tener al fin una voz, eso es: la posibilidad remota de tener una voz. Y darla. Algo de eso es traducir.

Es el golpe zurdo y sordo del djembé, impermeable a cualquier súplica, es la mano que apenas roza la superficie del parche, superficie de contacto busca, volver asible la dimensión comunitaria de todo esto, que no es otra cosa que la vida en el medio, que no solo de nombrar el mundo se trata, que algo de vida en común hay en todo esto, que es la vida común y que por eso obliga a desagarrotar el cuerpo, porque algo de unísono necesario tiene esto, algo de empatía, algo de comunión.

Y también algo de desapego.

Debe ser posible expresar la contradicción, el momento de lo indiscernible, el instrumento que soy, la imagen cristal. Soy espejo y sos espejo, objeto, el espejo incómodo de todo lo otro que se resuelve en mí, el espejo sospechoso de mis afanes, mis omisiones, mis justificaciones, de lo que puedo pero no puedo, todo, dicen que no debería, sos el espejo que me grita en la cara la mesura que no tengo, mi pésima costumbre de sobreadaptada, el espejo de la cultura: de todo lo que exige depurarse, sos el espejo abusivo de mis limitaciones, y entre reflejo y dominio y despliegue de mí misma saco alas, aleteo para traducir, tomo el punto de escucha del germen, la parsimonia de la ballena, ahí resueno, vocalizo el movimiento de las dunas, soy instrumento que no toca en la orquesta, ¿soy pasiva por ello?

Debe ser posible expresar la contradicción que significa haber llegado al lugar al que debía llegar, al lugar que siempre es un lugar definido por el orgánico, personal y social, la contradicción que significa no ser otra cosa que la que debía ser, sentirme hermana, predestinada, estar parada sobre los únicos pequeños pies que estarían dispuestos a transportarme, ante ellos me arrodillo, no a mis dedos sobre el teclado, a mis pies me ofrendo porque me llevan a cuestas, de la única forma en la que soy capaz de avanzar: de la mano de otrxs.

La traducción no es una gesta personal, es comunal como la enfermedad. Leo acerca de una traducción sensible y quisiera conocer qué sería lo insensible en traducción, por una vez no sentir la contradicción de los hilos de voz que unen las épocas, con sus inquisiciones, su caza de brujas, sus genocidios, sus corrupciones, exclusiones, miserabilidad. No son hilos son estertores los que conectan los tiempos, es la memoria de las células, la complicidad, mis dedos tipeando de madrugada, el momento en que la noche o el sueño me devuelven la palabra justa, la misma que obsolesce.

Porque está el tiempo, están las convenciones a través de los tiempos, las versiones, está poder asir una interpretación, asir tus desaires, objeto, está la impotencia cuando por completo falta una hipótesis, cuando te falta la vida, objeto, cuando no asegurás tu transparencia, cuando te faltan contornos, adecuación, está la angustia cuando por completo…

Y con la angustia vuelve el terreno del síntoma, ese símbolo imperfecto, la otra cara de la moneda, la imposibilidad de controlarlo todo, algo del orden de la orfandad es sintomático en la traducción: quisiera poder atenerme a la superficie de tus palabras, objeto, como me aferro a la cubierta del tren, quisiera ignorar el cauce de tu significado, me agarro más fuerte de mi traducción, la única capaz de resarcirme, me subo al cauce de esas vías vivas y muertas que, ya sabés, pueden expresarme, subo al cauce de mi texto traducido y me vuelvo gacela, por un momento te ignoro, objeto, corro a la velocidad del miedo que viene de frente como un huracán, que es camaleónico, que tiene la habilidad de metamorfosearse, el miedo, que está agazapado detrás del síntoma, el miedo es lo que está detrás de todo y detrás de todo está el miedo, por eso voy detrás del miedo.

Contra el abatimiento, el sentimiento de insuficiencia, contra el yunque de las páginas que faltan me pregunto cuánto hubo de elección en todo esto, cuánto de designio, cuánto de osadía, de omnipotencia o prepotencia, de mentira, cuánto de restricción, de coartada, de verborragia o de pura pulsión, qué si no fue mi desmesura de siempre, mi exceso, traduzco este cuerpo y el otro y el otro y el otro y uno más, y sobre todo, mi expresión traduce lo que soy pero también traduce lo que no soy.

Traducir es soltar el miedo, nunca, nunca, nunca quedar atada, traducida me pongo vieja y traduciendo rejuvenezco, me arrodillo y rindo ofrenda: a mi boca, que acompaña con su balbuceo y traduce arrodillada, traduce acostada, traduce mientras corre y agradece mientras traduce, y reza y parece monja, monjita de tanto que agradece, pero también engañadora, manipuladora, pierde el horizonte en el viaje, la perspectiva y entonces manotea el espejo, y busca la traducción y no encuentra o sí encuentra la imagen que mejor podría expresarla, pero está distorsionada, el espejo me devuelve una traducción que no es, me arrodillo y busco ininterrumpida, catorce horas traduciendo, busco debajo de la alfombra, entre los trapos de piso, en hendijas, en las esquinas encuentro bichos, pelusas, pelos, arañas, nada que no hubiera visto antes pero yo busco la bendita palabra, la imagen sintética, el original me exige que le devuelva la letra, su origen, vil marrana, pelada, estoy perdiendo la letra, estoy perdiendo la lengua, el terror de perder la lengua, y traduciendo pierdo el pelo que después encuentro y barro de entre los rincones.

El miedo está detrás de todo. Detrás de todo está el miedo. Por eso voy detrás del miedo.

La traducción es el yugo y el yunque de las páginas que faltan. Pero las páginas que faltan, faltan. Y con todo, con todo, con todo: la traducción es el amor. Contradictoria, porque así es el amor, ilógico, porque así es el amor, olvidable e imposible de olvidar, lo que podría ser de mil maneras y no puede ser sino lo que es, traducir, a veces, es querer olvidar y para eso hay que perder la memoria y perder la memoria es querer olvidar también el dolor. Traducir es el lugar de la despedida.

Debe ser posible expresar la contradicción, y en diagonal veo un campo de hierba verde y sembrado, veo al guarda, lo tengo enfrente, cuento las páginas para llegar al final y me veo horda alcanzando el campo de hierba verde y sembrado y lo quiero regar y apenas lo ingreso pierdo de nuevo mi libertad. A la redonda son duendes, monstruos, canciones de cuna, un constante murmurar. De tanto querer olvidar, el cerebro se vuelve una esponja, una red de inconexiones, como al nacer, pero ahora sin sujeción.

Veo cerdos entre la hierba y cabras en la nieve, de nuevo la nieve, nieva sobre el guarda, nieva sobre mí, mantenemos el cuello en alto, simulamos compostura, veo tu rostro ajado, objeto, tus raíces que se interrumpen, no arborecen, tus palabras huérfanas parecen nidos al descubierto, nichos que el invierno desprotege, veo el miedo vuelto miedo que se transforma con cada nueva traducción, cada nuevo campo verde y sembrado y el pelo que crece y el pecho que se abre y ahora soy buda, no más monja, cambio yo también de forma como de religión, bucólica sondeo al guarda y te veo, objeto, estás ahí desafiante, espirálico, espejado ¿y quién da más en este enfrentamiento cristal? Entonces vos, objeto, adelantás tu cuerpo vidriado y volvés a mostrarme. Y yo salto del tren, huyo.

 

Fotos: De Múnich a Berlín, ¿cuándo?

 

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© Catalina Bartolomé

Carla Imbrogno trabaja como traductora literaria, autora y curadora de artes y cultura. Egresó de la Universidad de Buenos Aires y completó estudios de posgrado en la Universidad de Friburgo, Alemania. Textos de su autoría fueron publicados en antologías, revistas y suplementos culturales. Tradujo del alemán al castellano obras de Alexander Kluge, Mauricio Kagel, Elfriede Jelinek, René Pollesch, Thomas Köck y Katja Brunner así como poemas de Daniela Seel, Nora Gomringer y Rike Scheffler. Por sus traducciones llevadas a escena fue destacada tres veces en el marco del premio Teatro del Mundo. Su traducción de La Mano es un cazador solitario, de Katja Brunner, puede oírse como ficción sonora en una coproducción del Teatro del Puente y Proyecto Prisma. Carla Imbrogno fue jurado del premio ALIJA en la categoría traducción, coordina programas culturales para el Goethe-Institut, integra el comité académico de la Maestría en Ópera Experimental de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y es Coordinadora para América Latina de la Casa de Traductores Looren, Suiza.